
La narradora puertorriqueña YOLANDA ARROYO PIZARRO nos presenta su libro OJOS DE LUNA, del cual les muestro unos adelantos.
La genial escritora caribeña ha sido distinguida recientemente como una de las mejores 39 narradoras latinamericanas menores de 39 años, en el Festival HAY de Bogotá, Colombia.
Para los interesados pueden acceder a este < link >
para ordenar el libro.
A continuación un extracto de algunos relatos de OJOS DE LUNA:
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Sin Olas
por Yolanda Arroyo Pizarro
Corría marzo, y el año cuarenta y uno le daba la bienvenida al inicio de la segunda mitad de la guerra. Desde el cristal ahumado del ventanal, Sofía se desvestía para irse a dormir cuando escuchó el golpe seco. Se desvestía con las mejillas empapadas, abrazada de jadeos profundos que retorcían su corazón. El golpe seco la distrajo de su infortunio. No sólo lo escuchó, lo sintió sobre la espalda, como un eco que recorre vendavales y que te eriza la piel. Como una llamada. Se acercó al ventanal de la casa haciendo chirriar las maderas, creando una sombra entre la luna y su piso.
La luna entraba sigilosa por la ventana, rodeada de ruidos nocturnales en gargantas de aves y silbidos de brisa. La luna dibujaba un camino iluminado desde su balcón desgarbado hasta la orilla del río Ouse, una orilla extrañamente tranquila durante esta inusual velada. Una orilla sin movimiento del ir y el venir de las olas besando la hierba verde del margen del afluente. Olvidando por un momento las lágrimas que ahogaban su porvenir, se colocó de vuelta la bata. Abrió un poco más la rejilla y pegó su rostro al cristal. Mientras el rastro salado se embadurnaba en la ventana vio una figura pálida retorcerse entre los arbustos.
No tuvo miedo. Ya no temía nada de lo que pudiera sucederle. Ni a la guerra, ni a los bombardeos diarios, ni al peligro de la invasión de Inglaterra por parte de los alemanes. Ahora que por fin estaba sola, sola y a su suerte, ya no sentía los miedos de la noche, del qué sucederá, de qué pasará. Sentía el sudor de su vida prácticamente en la indigencia y lo aceptaba.
Stephen se había marchado para siempre, abandonándola, llevándose consigo los ahorros de ambos, arrastrando con él la última esperanza de una familia que reconstruir. Ya nada había que reconstruir, ya nada había que salvar. Desde que Sofía perdiera su quinta barriga, su quinto intento de ser madre el pasado año, una brecha infranqueable se fijó entre ella y su marido. Stephen siempre había demostrado su deseo de convertirse en patriarca de una casta multitudinaria, en especial luego de su tercer ascenso en la fábrica de hierro en las afueras del barrio londinense de Bloomsbury donde ya llevaba un decenio laborando. Sofía no había crecido a la par en su rol de multiplicadora generacional mientras que él sí en su rol de benefactor, ello claramente contrariándolo. No había hijos para quienes ser buen sustento ni buen proveedor.
En demasiadas ocasiones el cuerpo de Sofía había tenido que ser sometido a un escrutinio eximido de pudores que exigía su presencia allí, quieta, mostrando a voluntad lo que su esposo pedía. Al principio, él preguntaba obsesionadamente. Inquiría con un hastío devorado y expectante. La mantenía a ella acostada en una base horizontal comparando relieves o crecimientos de algún tipo. Buscando bultos, marcas, estrías, uniformidades ya fuera que tuviera los ojos sobrios o ebrios. Más adelante incluyó en el escrutinio algo más que los ojos. Indagaba cada centímetro del vientre con los dedos, apretando desde el pubis, desde las caderas, solicitando una turgencia. Luego se dio cuenta que necesitaba más que tocar; necesitaba abrir, entrar, observar, oler, retirar. Palpando los pechos con violencia innecesaria mientras deseaba un abultamiento que no llegaba nunca, esa vez la hizo llorar. Los apretó hasta que se amorataron y hasta que le dolieron, pero nunca exprimieron una sola gota de calostro. Luego vino el manoteo en el rostro por las protestas femeninas, la presión de los puños de él sobre la base de su cuello o los golpes en las orejas, a cada lado de la cabeza con cada descubrimiento vacío. Cuando el descubrimiento no se daba al vacío, cuando ella quedaba embarazaba pero luego perdía las criaturas, entonces aparecían las muñecas cernidas contra su garganta, que en más de una ocasión se apretaron interrumpiendo el paso de oxígeno. Ellas también entraron a escena la primera vez que Stephen metió la mano completa y con la punta del dedo corazón, del índice, del anular, sin lograr palpar nada. Ni feto, ni placenta, ni matriz revestida de lo que él entendía debía estar revestida. Nada. Ni siquiera algún tipo de tejido o cuerpo extraño que le hablara como en la cábala y que descifrara el enigma de lo inhóspito del vientre de su mujer. ¿Por qué no sucedía aquello? ¿Qué había hecho para que se le castigara de ese modo? ¿Dónde estaba la supuesta descendencia que la gitana alguna vez había vaticinado? La maldición de Sofía echaba sus planes por la borda.
Una tarde, Stephen llegó inesperadamente al hogar. Casi siempre trabajaba dos turnos seguidos. Hoy el jefe había recompensado su increíble productividad en la línea de manufactura de esa semana y, por tanto, le dejó ir a la casa temprano. Entonces, sorprendió a Sofía retirando el pañuelo de algodón manchado en sangre mensual entre los muslos. No pudo contener la ira. Le arrebató la tela ensopada en coágulos y tejidos menstruales, y tornándola en jirones, se los hizo tragar uno a uno, después de estrujárselos contra el rostro.
Cuando su esposo vio que ya pasaban los siete años y aún no tenía herencia ni estirpe, se sobrevino la primera de las hecatombes. Las peleas y griterías de aquel enorme varón hacían correr al más valeroso y se daban las mismas en la plaza, en el mercado o hasta en la iglesia. Cada vez que se acordaba de lo que su mujer carecía, se emborrachaba y entonces otorgaba un espectáculo digno de cualquier afrentado. El espectáculo siempre terminaba con la mejilla de Sofía inflamada de moretones, con rasguños sanguinolentos entre sus labios y hasta con alguna extremidad fracturada.
AHORA ÉL YA NO ESTABA y la figura pálida, que había divisado por su ventana, continuaba retorciéndose entre los arbustos. Parecía como caída del cielo.
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Cuento
Yolanda Arroyo Pizarro
Los ojos de la luna
Hispaniola, 1493
Dos mujeres viejas se arquean sobre el pilón de mano y con un mortero de piedra al fondo, empujan una danza de músculos brillosos, de pieles tostadas en la playa, de sudores que se derraman como un gotero que late, que muele, que pulveriza. Empujan con la fuerza de sus muslos encuclillados, con la presión y el embate de sus torsos paridos en más de una ocasión, con la voluntad del deseo bélico como toda inspiración. Aceite, y una mezcla de briznas moradas que chapotean. Gotas que van a dar debajo a lo que se espolea; jamás sobre el pulso de la mano que palpita y machaca; siempre en los adentros del depositario rojo. Las tonalidades se crean como única consecuencia del polverío de las hojas mezcladas con los picantes filamentos.
Las mujeres llevan cubierta la nariz para no inhalar los ajíes. Sus ojos sollozan sin quererlo, sin pena ni sentimentalismo. No hacen ruido. Inevitablemente se les resbalan las aguas de las cuencas pestañosas, como una reacción lógica a la preparación militar allí gestada. Con el brazo separan de a poco el sudor de las frentes para atinarle mejor a la mole, para triturar hasta el infinito más diminuto los polvillos que ahora se adhieren al pilón en sus manos. El polvillo, destinado a provocar exageradas toses y desorientadores estornudos en el enemigo, no provoca nada en los dedos y narices inmunizadas de las viejas. No las irrita, ni pica. En las uñas se les almacena sin remedio ni daño. Si acaso cayera en los rieles de la piel oscurecida por el dios de soles, más allá de la muñeca, en algún espacio de la extremidad aceitunada, sería un infortunio. Las mujeres cuidan que no suceda. Esquivan el sahumerio rosado que se adhiere y cuando las nubes del molino de mano se levantan, las dos mujeres se levantan también y se alejan. Menean la cabeza y se retiran a esperar que se asiente el fragor. Entonces se colocan en la entrada de la choza y hablan algunas cosas propias; preguntan por la familia, mencionan el rito de las niñas, se cuentan los partos pendientes y enumeran los últimos sacrificios. Pacientemente, esperan a que baje el sedimento que ha subido por el aire del domicilio de hojas y cogollos.
Miran el techo tejido de yaguas y lo estudian con fervor litúrgico. No ha cambiado de color. Si el techo no cambia, están a salvo. Si las hojas de arriba de sus cabezas no se manchan, no se salpican, han hecho bien. Siguen siendo las maestras, las que saben. Son las expertas. El humentín se reduce y las viejas regresan al centro de la morada. Se acercan a los aparejos. Colocan los pilones de madera fuera de sus morteros y echan el polverío en los envases de hoja abierta, para luego cerrarlos. Los sellan con una mezcla de saliva, excreta licuada y la solución que han recolectado hasta entonces del rito de las niñas.
Después De Pasados los días que dura el rito, las niñas regresan a sus labores cotidianas, que ahora incluyen los ejercicios militares. Inoa y Amina también vuelven a lo suyo con disciplina desmesurada. Practican día y noche. Una tarde en que corresponde el entrenamiento para el ataque de cercanías, Inoa se lo cuenta. Amina toma consigo la lanza como si hubiera nacido con ella entre los dedos. La baila, la mueve como en el areyto. Da un traspié, pica las rocas del suelo con la planta de su pierna izquierda, dobla las rodillas, y retira la espinilla con movimientos ágiles y rítmicos. La furia la carcome, pero acepta el asunto como quien sabe que Inoa ha sido un botín de bienvenida planificado. Sabían que aquello podía pasar. Ha pasado. Fue dada a los raros invasores apostados en la costa y resguardados en el anómalo cobijo hecho de las tablas de su recién destruida y peculiar embarcación. Desde allí esperan el regreso del que señalan Almirante, amigo de caciques sospechosos y de dioses desconfiados. Inoa cumple un propósito, mientras Amina se aprende el nombre de la aldea de los blancos, un yucayeque extraño al que ellos llaman Naotiribí, o Naitiví, o Natividá.
Amina va a extrañarla cuando su estado avance y tenga que quedarse en los bohíos de las parturientas. Va a extrañarla en los ejercicios y en la nueva batalla que se fragua contra los caribes del este. Inoa es como una heroína experta en las artes de las piedras amarradas. Les da vueltas y vueltas sobre su cabeza y las lanza con una ferocidad asfixiante, que incluso deja a su contrincante sin aire antes que la inconciencia por el golpe los ataque. Va a hacerles falta.
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Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Ha sido elegida como una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Ha sido merecedora de varias premiaciones literarias a nivel nacional e internacional; seis en Argentina, una en Chile, siete en Puerto Rico. Ha escrito para los periódicos El Nuevo Día, El Vocero de Puerto Rico, Claridad y La Expresión y sus ensayos y columnas se encuentran en la página de literatura ciudadseva.com, las revistas virtuales Cataliticos.com, Derivas.net, Letras Salvajes, Letralia.com y Narrativa Puertorriqueña. Algunos de sus cuentos confluyen en las revistas culturales Identidad de la UPR Aguadilla, Revista Púrpura, Preámbulos y Tonguas de la UPR Río Piedras. Es autora de los libros de cuentos, Ojos de Luna (2007) y Origami de letras (2004), además de una novela Premio PEN Club 2006, Los documentados (2005).
Para mayor información sobre la autora, pueden leer su blog personal
http://narrativadeyolanda.blogspot.com/





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