domingo, marzo 27, 2011

La poesía de Norma Segades-Manias, una himnología a La Mujer


J.M.TAVERNA IRIGOYEN | Obra singular, «En nombre de sus nombres». Singularidad por la potencia de las voces que alimentan su estro. Singularidad, también, por la síncopa constante en la que el canto se afirma para definir un espacio

Poeta de pie, Norma Segades-Manias hace de la poesía un testimonio vivo. Testimonio que objetiva lo subjetivo de historias, escenarios, personajes olvidados, vidas inocentes y valerosas, transitando lo exegético sin tintas sobrantes; compartiendo el espíritu de las fuerzas genuinas.

Segades-Manias cree en la criatura humana, pero más en sus acciones, en sus protagonismos. Entonces, por sobre lo genérico, toma a decenas de mujeres de todo el orbe, de todos los tiempos, de los orígenes y destinos más opuestos, y les canta. Les canta con sangre, no con mieles. Y revela de ellas —en ese palpitar de amores y heridas— el sentido de la heroicidad, del quebranto, del desamor, de la lucha por reivindicaciones.

No es la suya una poesía de tronos: todo lo contrario. No entroniza, sino devela. Y esto es lo sustancial en su poética fluida, a veces desbordante; su poética que sube alturas, jamás para volver a descender. De ahí, sus metáforas y sus imágenes están buriladas con una sutileza que conmueve, con una exactitud que deslumbra. No hay palabras descolgadas ni figuras que confronten. La campana del mundo, el gran escenario universal, cobija a esas criaturas del amor/dolor que ella elige para retratar en los espacios de su poética como si estuvieran, como si volvieran para decir / reclamar / cantar / gritar /llorar.

En nombre de sus nombres (mediaIsla, 2001), por sobre la diversidad de figuras y aconteceres, es un poema único, englobante, totalizador. Es la mujer —no como símbolo mujer— la que está en cada verso, en toda acción de remembranza. Heroínas, mujeres simples, madres, santas, guerrilleras, reinas, están en su poética para construir una himnología a La Mujer. Por sobre prosopopéyicas intenciones. Un himno luminoso, abierto, libre, santificado por las palabras.


Dolores Ibárruri, fuerte como los minerales de Gallarta, en Vizcaya, la vestida de negro, la que cuenta: “Cinco veces he muerto / Cinco veces / Cargo este luto hecho a la medida de todas las infamias”. La princesa Malintzin, vendida por su propia madre como esclava, entra en los «Nombres en los silencios». Y la guerrera Juana Azurduy retorna desde su destino americano, para volver a triunfar, por sobre la muerte.

Está María Sklodowska, la mujer de la ciencia, la de los Premios Nobel, quien dice: “He venido a entregar a los panteones / mi cuerpo lacerado por el radio al que tanto escruté”. Y Juana de Arco, “Prisionera del odio”. Está Agnes Gonxha Bojaxhin, la Teresa de Calcuta, “la que mordió su espanto impenitente / la que brindó su vida a borbotones”. E Isabel Tudor, la reina virgen, la que reinó cuarenta y cuatro largos años. Y la mexicana Frida Kahlo: “Mi amor no es más que amor. / Es un reflejo”.

Segades-Manias hace de cada mujer un prototipo, quizá por la razón de “hacerlas hablar, de hacerlas oír”. La dominicana Minerva Mirabal, muerta a golpes, se resigna a “morir así, / de sangre estrangulada”. Y la panameña Rufina Alfaro (quizá un mito o un sueño colectivo): “Opté por abdicar a los susurros”.

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Tomado gentilmente de MediaIsla

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